Lobo II

CAPÍTULO 2:

MASACRE:

¿Qué tiene 117 micrones de largo, vuela, parece un escorpión y horada la carne causando grandes ampollas negras y un grave envenenamiento de la sangre que, a largo plazo, resulta en una muerte agonizante (y embarazosa)?
Los czarnianos tampoco lo sabían.
Y como uno de los efectos secundarios era la parálisis total, efectiva a los pocos segundos de la infección, no tuvieron muchas oportunidades para descubrirlo. Lo que sí tuvieron fueron varios millones de personas cayendo incurablemente enfermas al mismo tiempo. En un planeta donde las enfermedades eran desconocidas –e incluso el 99’86 por ciento de los accidentes se evitaban por completo-, esto no era cosa de risa.
Cuerpos hinchados, bubones negros exudando un olor de podredumbre, se apilaban en las calles. Padres, madres, hijos, se arrastraban en ciega desesperación, las voces unidas en un grito de dolor planetario cuyos ecos conmovedores tardaron cinco días en desaparecer… en el frío silencio de la muerte por abominación.
Y mientras el planeta moría, su asesino sonreía.
En un ornado balcón ubicado entre las altas torres de Czarnia, el archidiabólico Lobo se relajaba. Un vaso de brillante neurovino para humedecer sus labios, secos de obscena anticipación. Alzaba su otra mano en el aire, un suave movimiento lleno de gracia que había perfeccionado durante meses. En la satinada superficie de un muro de plasgás atisbó su reflejo. Mr. Supremo. ¡Escalofriente! El Escalofrío Definitivo.
¡Sí señor! Había recorrido un largo camino desde aquellos titubeantes primeros días. Días en los que había sido un gran acontecimiento acabar con cualquier gusano que se cruzase por su camino… días en los que pensaba que ser un asesino simple y dañino era lo único a lo que podía aspirar. Cuando se graduó en el Instituto ya casi estaba hastiado de violencia, incluso de sus peores extremos.

 

Detestaba a todos con los que se encontraba y los trataba en consecuencia. Todo Czarnia conocía y temía su nombre. Nunca se encontró una solución al problema de su existencia. Ninguna súplica a su faceta benévola tuvo nunca el menor efecto; el mismo Lobo presumía con frecuencia de no tener faceta benévola. Se consideró la posibilidad de emplear amenazas, algo totalmente ajeno al modo de vida czarniano, pero se desestimó cuando se dieron cuenta de que nadie sabía cómo hacerlo.
Y cuanto más diabólico se volvía Lobo, más le gustaba…
Hasta que, ya cerca de los veinte años, su ego monstruosamente hinchado dio el último paso adelante. Empleando una inteligencia que en diferentes circunstancias habría podido convertirle en uno de los mejores cirujanos cerebrales de la galaxia, Lobo comenzó a trabajar en la clase de biología.
Emergió de ella con algo que medía 117 micrones de largo, tenía alas y apariencia de escorpión y horadaba la carne. De haber quedado algún superviviente, nos hubiera explicado la risa escalofriante que atravesó el aire mientras rompía las probetas que contenían la muerte de Czarnia y sus fabulosos hijos. La risa flotó en el viento y muchas de las víctimas hubieran podido jurar que, mientras sentían las ardientes mordeduras de millones de cosas excavando en sus cuerpos, el eco de aquella risa maldita era mucho más aterrador que su dolor… si hubiese sobrevivido algún testigo.
En la balconada, Lobo, el Señor de la Muerte, alzó su copa en un último brindis. La electricidad recorrió su columna vertebral. Complejas reacciones químicas en su cerebro le llevaron a un estado de euforia mística. Recordó fugazmente a Daline Zaad… su primer amor, la de suaves curvas y aliento cálido y dulce. Fuego blanco recorrió sus venas. Un leve quejido brotó de su garganta, liberándose y recorriendo cada hueso de su cuerpo.
Matar a un planeta fue como matar a Daline Zaad… sólo que varios millones de veces mejor.

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