Lobo

 
Biografia no Autorizada (si leeis esto, correis el riesgo de hacer enfadar al hombre y que vaya a buscaros para comerse vuestras tripas……estais avisados!)

 

CAPÍTULO 1:

UNA SERPIENTE EN EL EDÉN:

No hace mucho tiempo, en una galaxia tan lejana que ni una vez en la historia tuvo contacto con otros sistemas estelares, existía la perfección.
La llamábamos Czarnia. Armonía. Cielo. El hogar de una de las razas más nobles y bellas que nunca emergieron de las estrelladas entrañas de la Madre Universal.
 

Czarnia, paraíso de amor y tranquila armonía, donde los días eran largos, las noches doradas y los sueños de todos se cumplían. No había guerras. No había hambre. La muerte llegaba sólo a aquellos que la escogían como alternativa a una vida sin fin. No había violencia. Ni siquiera había una palabra para definir “pelea” o “disputa”, u “odio”, aparte de la frase traducible como: “Estoy en leve desacuerdo con usted y más que deseoso de entrar en un armonioso diálogo con vistas a encontrarle solución, pero primero compartamos un glóbulo de néctar y un pellizco de deliciosa ambrosía mientras admiramos las formas perfectas de alguna obra de arte estéticamente estática.”
Pero en el Edén nació una serpiente… y el nombre del diablo era Lobo.
Se dice que la comadrona que lo trajo al mundo sintió una extraña y desconocida sensación en el momento de su nacimiento. Con el paso del tiempo, hemos llegado a la conclusión de que se trataba de una terrible aprensión.
“¡El diablo!”, gritó, “¡El diablo encarnado!”
Nadie sabía de qué estaba hablando, pero a esta anónima mártir le cupo el dudoso honor de convertirse en la primera víctima de Lobo. Ella fue la primera enferma mental que había tenido el planeta en más de diez milenios, y nadie supo nunca por qué rehusó regenerar los cuatro dedos que el nocivo hijo de la oscuridad le había arrancado de un mordisco. Las mejores mentes de Czarnia –las mejores mentes existentes- emplearon años de estudio en el fenómeno Lobo. Las teorías fueron numerosas: un gen renegado;

 

posesión demoníaca; la teoría del chivo expiatorio, que mantenía que aquella era la forma en que el universo compensaba la hiperabundancia de las cosas buenas de la vida en Czarnia; el principio de la incertidumbre de Heideleide, cuyos seguidores insistían en que Lobo tenía que ocurrir alguna vez en algún lugar y que había sido cuestión de suerte que ocurriera allí.
Otros, como la profesora del jardín de infancia, Lubla Blak, no tenían tiempo para teorías. “Lobo era un pequeño bastardo”, declaraba poco antes de su muerte en un nunca resulto bombardeo de napalm.
Lubla creía que, debido a algún capricho de la naturaleza, el uno por ciento del poder mental de todos los czarnianos encauzados al desarrollo vital se había visto revertido de alguna manera en Lobo. Toda su voluntad, su energía, su habilidad, estaba dirigida a sembrar el caos con tanta frecuencia y alcance como le fuera posible… ¡Y vaya si lo creó!

Ciertamente, Lobo abrió una brecha en la intelectualidad del glorioso sistema educativo de Czarnia. Nadie estudiaría mientras él pudiera aporrear a un compañero de clase, o a un profesor. Lobo “dirigió” pronto su escuela. Ya a los cinco años de edad era increíblemente feroz, un hecho atestiguado por su primer director, Egon N’g, cuya garganta fue desgarrada durante un ataque de ira del odioso niño. Cuando lo encontraron sus vecinos, había garabateado en el suelo el siguiente mensaje con su propia sangre: “Mi confianza en la bondad natural del curso de las cosas se ha visto seriamente perturbada, si no totalmente destruida. Me reúno con la Unidad Universal. ¡Adiós Paraíso! Postdata: Por vuestro bien, cread los conceptos de Policía, Castigo y Prisión.”
Sí, esto necesitó mucha sangre, pero la muerte del señor N’g fue lenta. Policía. Castigo. Prisión. ¿Pero qué eran aquellas cosas, en el nombre de la bendita cornucopia? Y mientras tanto, en las clases de Czarnia, sangre derramada, cuerpos golpeados y huesos rotos marcaban los progresos de la Serpiente. Una era terminaba. En la galáctica distancia un apagado tambor comenzó a sonar, presagiando el fin de la perfección.

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